Conozcamos el Pasado, pero Pensemos en el Futuro

“La ola de restauración democrática que avanzo sobre America Latina en la década de 1980 volvió a dar a los partidos políticos el papel protagónico de la actividad política en los países de la región. Hoy, en la segunda década del siglo XXI, asistimos a un nuevo escenario que oscila entre la bipolaridad izquierda-derecha y el surgimiento de nuevos populismos” –  Historia de los partidos políticos en America Latina, Torcuato S. Di Tella, Fondo de Cultura Económica – 2013.

De la imprescindible lectura del libro mencionado, podemos observar que el desarrollo político de America Latina tiene caminos semejantes (podemos pecar por las generalizaciones). En general se analiza una ida y venida histórica hasta llegar a la actual democracia. Si bien la política, entre otros temas, es mejorar el futuro, no necesariamente se ha logrado.

El articulo de Tomás Abraham, “Los tiempos de la historia y el raro sonido de la palabra futuro” ( http://www.perfil.com/contenidos/2013/09/08/noticia_0004.html), que a continuación extractaremos, esta pensado para la Argentina, pero tiene valor para toda nuestra región. El filósofo Tomás Abraham repasa las ideas políticas que dominaron la Argentina desde la recuperación de la democracia. Destaca la gran mutación que se produjo en 2003, cuando se engendró el relato que ve en los veinte años anteriores sólo monstruos. Y pide recuperar el espíritu de la gran inmigración, porque hoy el país pasó del arraigo a la fuga. Es necesario que todos nosotros, los ciudadanos, conozcamos  nuestra historia política, pero debemos pensar que haremos en el futuro con nuestro pasado.

“Me pidieron que escribiera sobre estos treinta años de democracia. Pero hablar del pasado es lo que solemos hacer. Pelearnos sobre lo que nos pasó se lleva gran parte de las energías políticas. Pensar en lo que vendrá exige hablar sobre lo que queremos y cómo conseguirlo.

 La palabra “futuro” tiene un sonido raro, como si la escucháramos por primera vez. Antes de introducirla en la nota, sigamos el dictado convencional para comenzar desde el principio.

 Pasado

 La caída de Alfonsín (1983-1989) fue el fin del sueño socialdemócrata. Los modelos políticos españoles e italianos de Felipe González y de Benito Craxi que se evocaban en aquellos tiempos se derritieron como si fueran de cera.

Hecha la incipiente experiencia política posdictadura, busquemos los términos precisos para calificar a los primeros mandatarios de la nueva democracia. ¿Fueron malos? ¿Demonios? Uno es calificado como el presidente de la hiperinflación, de la Obediencia Debida y del Punto Final. El otro es recordado por ser el de la entrega, el desguace, la frivolidad y la corrupción. Uno el del estado de sitio y el de la ingobernabilidad, el otro el de Río Tercero y la AMIA.

El relato del pluralismo, de la integración al mundo y de la ética terminó por engendrar monstruos. Así se consideraron los primeros veinte años de la democracia argentina.

Después se produjo la gran mutación. Hace diez años se hablaba de anomia, de anarquía, de Estado fracasado. Hoy se anuncia que aquella Argentina de la miseria sólo quedará atrás si este modelo de crecimiento con inclusión sigue vigente y regente para siempre.

 ¿Habrá sido así la historia de los primeros veinte años de democracia? ¿Y así también los últimos diez?

 Desde mi punto de vista, el gobierno de Alfonsín tiene sus méritos. Juicio a las Juntas, apertura y reforma universitaria, creación del Mercosur, pregón insistente sobre las virtudes de la democracia republicana.

¿Y Menem? ¿Tan condenable fue que, luego de que el país se desangrara y murieran miles de personas asesinadas, quisiera dar muestras de una reconciliación y de la superación de cuarenta años de odio entre peronistas y antiperonistas? ¿Nada hay que reconocer?

 No es frívolo afirmar que la historia argentina, diagramada desde el poder es una novela. Un relato de ficción. La historia es para nosotros un motivo de alta intensidad emocional al tiempo que un entretenimiento compartido.

El revisionismo histórico se ha concentrado en denunciar el monopolio portuario y atacar las pretensiones hegemónicas de los porteños. Como dijo Halperin Donghi, bajo cada monumento se busca alguna miseria. Sus ideales oníricos imaginan una patria federal con artesanías pujantes, saladeros dinámicos, siestas coloniales, atardeceres pampeanos, estancieros verdaderamente criollos e historiadores subsidiados. Todo su arsenal crítico se invierte en achacar la culpa de nuestros inútiles devaneos y nuestro estancamiento a la generación del 80, a su política de integración al mercado mundial liderado por el imperio británico y a la indiscriminada política inmigratoria. Cuando no al ideal civilizatorio de Sarmiento, ante nuestra actual integración “bolivariana” al mercado mundial liderado por China.

En un país como el nuestro, que ha crecido según el relato oficial a tasas llamadas “chinas”, donde en diez años ha mejorado la vida de casi toda la población, donde la agroganadería se ha enriquecido, los industriales poseen plantas en actividad, las clases medias han reconstituido su sistema tradicional de consumo vía automóviles, electrodomésticos y turismo, los educadores han mejorado sus salarios y los trabajadores se han reinsertado en el proceso productivo luego de años de depresión, ¿cuál es el motivo por el que, en lugar de vivir en una sociedad apaciguada, dispuesta a dialogar sobre su pasado, rectificar errores, reconocer pasos en falso, sospechar de los fanatismos y consolidar el progreso, se encuentra hoy en un clima de odio social, político y en una batalla cultural que fracciona la sociedad en bandos enemigos?

 Porque el espíritu de revancha es para muchos conveniente.

 Presente

 Nuestra sociedad no ha modificado su matriz productiva desde 1929. Depende de sus materias primas para financiar bienes de capital, tecnología y energía. Sus partidos políticos tradicionales tienen acta de defunción. La política depende de los recursos del Estado, desde el gobierno central hasta las intendencias. El funcionamiento de las instituciones ha ingresado en un camino regresivo peligroso. Caudillos con matones al servicio de un jefe en una red de mandos piramidal con mecanismos totalitarios dependen de un sistema coercitivo de lealtades.

Vivimos en una supuesta democracia de tipo plebiscitaria reforzada por el poder de resonancia de medios masivos de comunicación y de sus recursos periodísticos.

Este tipo de democracia tiene algunas consecuencias. Una es la desaparición del Estado. Al menos de un Estado configurado en lo que se llama democracia republicana. No se trata sólo de la división de poderes que garantiza los derechos ciudadanos, sino de algo más cotidiano, vital e imprescindible: del monopolio de la violencia bajo el imperio de la ley.

Se lo llama seguridad, y se intenta hacer creer que es un problema inventado por los ricos, los rubios o la oposición. Se oculta que los delitos más salvajes se perpetran en los barrios marginales y los padecen los sectores más humildes.

Por otro lado, se niega un clima de embrutecimiento generado por un pensamiento que ha remplazado la crítica por la delación, el fanatismo y las amenazas.

Se nos presenta un poder que hace gala de generosidad porque presta la libertad –supuestamente un derecho inalienable– sin dejar por eso de alimentar una especie de odio cívico, interciudadano.

 El “vamos por todo” no es mera retórica.

Liberación o dependencia, pobres contra ricos, oligarquía contra pueblo, Estado contra mercado, monopolios contra Gobierno y el reciclaje del vocabulario setentista.

Vivimos tiempos de cruzada ideológica. Este gobierno hace de la cultura un aparato de Estado con la misión de elaborar un relato fundacional. Y la matriz ética es idéntica: búsqueda de herejes y traidores.

Pero no es lo mismo un gobierno que deja en la sociedad civil la creatividad y la responsabilidad de sus producciones culturales potenciando su realización con el apoyo estatal de acuerdo con un abanico amplio de tendencias estéticas e ideológicas, que un Estado ocupado por un grupo que se arroga una misión histórica regeneradora.

Tenemos la particularidad de que nos gobierna un tipo de político que hace de la confrontación y del sectarismo su modo exclusivo de perpetuarse en el poder. Pero todo tiene un límite.

Futuro

El futuro, hermosa palabra. Nuestro país no termina con el kirchnerismo. La corrupción tampoco termina con el kirchnerismo. Además, no se trata de corrupción sino de impunidad. Lo que este gobierno inauguró es un nuevo robo para la corona con fiesta y algarabía. Nadie oculta su enriquecimiento personal, salvo los mecanismos puestos en funcionamiento para lograrlo. Pero lo que también introdujo es un cambio en el relato. Pasó de la frivolidad menemista a la moralidad de los derechos humanos y a la prédica igualitaria legitimada por héroes y mártires del pasado. Por eso llevó a cabo una estafa ideológica.

Pero hablemos del futuro, nuestro tiempo ausente. Argentina es una reserva natural en un planeta que se agota. Agua dulce, tierra fértil, minerales estratégicos, energía, plataforma submarina con riqueza pesquera. Esta inmensa riqueza ha permitido que se organizara una economía extractiva.

Si queremos que estos dones terrestres redunden en beneficio de la sociedad se necesitan capitales, tecnología y recursos humanos. Por lo tanto, obliga a ubicarse de un modo tal en el mercado mundial que permita el acceso a las mencionadas fuerzas productivas. Para lograrlo, nuestra nave nacional debe arriar la bandera del patrioterismo y enarbolar otra, quizás la celeste y blanca, sin tanto griterío y un poco más de seriedad.

Nuestro país puede ser original en cómo destruirse. Lo ha hecho en su medida y armoniosamente con sus riquezas y su pueblo. Pero no es tan inventivo en cómo construirse. El delirio de grandeza y la bravata compensatoria terminan no en el mito heroico, sino en la mitomanía.

No es fácil pensar en el largo plazo. Invocar un posible consenso sobre políticas de Estado no debe ser una salida retórica. Hay una costumbre entre politólogos –ya sean académicos, periodistas o políticos profesionales– de diseñar planes faraónicos, que dignifican simposios y textos ritualmente correctos.

Esta tendencia del idealismo racionalizado no toma en cuenta algo básico: los factores de poder. Los gobiernos de nuestro país se encontrarán con resistencia gremial y corporativa absoluta si se quiere mejorar el funcionamiento de sectores de la economía y la sociedad. Negociar con los centros dispersos de poder será una imposición para que un nuevo elenco que comience un período presidencial se proponga terminarlo.

La sociedad no está dividida en clases medias, pobres e indigentes. Hablar de los pobres sin serlo es un deporte muy practicado. Lo ejercemos con la habilidad que tiene el tero, su graznido es el de los grupos de interés que se ponen de acuerdo en oponerse a lo que aparentemente los daña, pero nunca hablan de lo que los beneficia.

Por eso es necesario que se piense al país con visión de futuro. Como lo hicieron algunos grandes de nuestra historia. Nuestros padres y abuelos vinieron de lugares de hambre, persecución y guerra. Ese país tenía futuro. No era un país en el que se “sacaba” dinero, riquezas, inteligencia. Hemos pasado del arraigo a la fuga. Revertir ese proceso es la tarea.”

Tomas Abraham, nos dio una lección de sentido común. Valorar realmente el pasado, sacar conclusiones sin ideología y ser consientes de los problemas  del futuro.  Al inicio de la presente nota mencionábamos  “una ida y venida histórica” de acuerdo al relato de Torcuato Di Tella.  En su “Historia de los partidos políticos en America Latina” casi todos los países latinoamericanos, a través de sus partidos, han descargado los problemas en los gobiernos anteriores. Si bien pueden tener alguna razón, la dramática realidad es que no hay soluciones sustentables. Van y vienen y los problemas siguen existiendo.

(De la redacción: se recomienda la lectura de la totalidad de la redacción de Tomas Abraham, reducida por problemas de espacio)

 

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