La Era de la Posverdad (Nota 1 )

 

 ¿Podemos hacer un libro con un proceso 100% abierto?

Hace un tiempo empezamos a preguntarnos cuál era el arma más efectiva contra una de las amenazas más claras de nuestra época: la posverdad, y el mejor antídoto que se nos ocurrió es una bomba de comunicación orientada por la empatía y alimentada por evidencia.

Una herramienta que desnaturalice narrativas y que conecte con tantas personas y puntos de vista como sea posible: una Guía de Supervivencia en Tiempos de Posverdad, cuya manifestación última será en forma de libro, para poder prestarlo, moverlo, compartirlo y tenerlo en la mesa, que sirva de consulta y defensa como lo que es: una guía.

Queremos hacer un libro distinto, desarrollado por su comunidad desde el principio, y para eso queremos proponerles, y pedirles, que participen. Durante los próximos meses y hasta el lanzamiento oficial del libro (que prevemos para septiembre), vamos a publicar algunos capítulos (uno por mes), con el objetivo de que lo conozcan, lo lean de antemano, lo comenten y desmenucen. Queremos charlarlo con ustedes a medida que lo vamos haciendo, que nos digan lo que piensan, lo que sienten cuando lo leen, lo que esperan encontrar en los próximos capítulos.

Pensamos en esta forma de desarrollar el libro como una aplicación práctica de una idea que, para nosotros, hoy es bandera: ‘Hacer, medir, aprender, repetir’.

Démosle a la posverdad algo que no vio venir: una comunidad enorme que busca conectar con quienes piensan distinto, que trabaja para superar prejuicios, y se arriesga a cambiar de idea.

La superficie del mundo sube y baja, y en el camino va desde la profundidad de la fosa de las Marianas, la parte más profunda de los Océanos, a la cumbre del Everest, en una sola línea continua que podemos seguir sin levantar el dedo del mapa. Entre el punto más profundo y la cumbre más alta no hay más que una diferencia de grado, y podemos pasar de uno a la otra. Sin embargo, el simple acto de leer dos diarios distintos, o de escuchar la conversación entre intelectuales que provienen de distintos campos del saber nos muestra hoy un abismo de otra naturaleza, un paisaje quebrado y discontinuo donde la distancia entre A y B es infinita porque resulta imposible ir de A a B.

De pronto, los hechos se vuelven hechos en la medida en que que encajen en los deseos de cada grupo, de cada tribu. Cada uno de estos grupos desarrolla su propio lenguaje, un lenguaje que, de las muchas funciones del lenguaje, privilegia la capacidad de incitar a las emociones, y empuja a esas emociones a construir paisajes sólo accesibles a quienes compartan la forma de mirarlos. Como el mundo es uno sólo pero los ojos son diversos, el discurso tribal nos separa progresivamente y nos polariza. En La muerte de la tragedia, de 1961, George Steiner decía: “Las palabras nos arrastran a enfrentamientos ideológicos que no admiten retiradas. (…) Consignas, clichés, abstracciones retóricas y falsas antítesis se adueñan de la mente (…) El comportamiento político ya no es espontáneo y no responde a la realidad. Se congela alrededor de un núcleo de retórica inerte. (…) En vez de convertirnos en los amos del lenguaje, nos volvemos sus siervos”. Además, cada vez más los medios de comunicación amplifican las voces más extremas porque eso los vuelve más confiables a los ojos de una audiencia que, después de todo, espera que digan exactamente lo que esperan que digan.

Y en la tierra baldía alrededor del abismo, en el territorio que cada tribu nombra como suyo, crece una semilla infecciosa: la posverdad.

La posverdad es distinta del error, o de la mentira. El que yerra puede eventualmente encontrar y corregir su error. El que miente, sabe que miente. Podemos definir la posverdad como el momento en que los hechos se ocultan, moldean, manipulan (muchas veces de forma deliberada y sistemática) y las emociones que esos hechos —o incluso otros totalmente inventados— pasan a primer plano. A veces, la posverdad se manifiesta como una especie de mentira arquitecturada, cohesiva y sistemática en la que la coherencia interna le gana al anclaje al mundo real.

Uno de los problemas de la posverdad es aparecer como una alternativa a la verdad, como si la verdad fuera una cosa que alguien tiene, y no lo que es: un objetivo desconocido en el horizonte hacia el que vamos, y para el que necesitamos una brújula. Si nos sentimos perdidos, podemos construir una brújula. Si no nos ponemos de acuerdo en cuál es el norte, no habrá brújula posible y estaremos condenados a vagar siguiendo los caminos erráticos de la ignorancia. O peor, condenados a seguir a quien cree un norte que puede mover a su conveniencia.

La posverdad es al mismo tiempo producto y causa de una grieta infinita. Una en la que las personas convivimos transitando narrativas paralelas en mundos solapados donde la física se rompe, y podemos atravesarnos los unos a los otros sin que medie influencia alguna que logre desviar las trayectorias predeterminadas de lo que hemos decidido va a ser la realidad. Esta fractura, esta discontinuidad en el paisaje, es una amenaza para nuestra convivencia como especie en este planeta y, así, para nuestra supervivencia.

Lo que sigue es un intento de entender el problema, compartir tanto su importancia, como su urgencia, y aportar algunas herramientas concretas para abordarlo.

Cada año, el diccionario Oxford elige la ‘palabra del año’. En 2016, esa palabra fue posverdad, definida como ‘las circunstancias en las que los hechos objetivos influencian menos a la opinión pública que las apelaciones a la emoción o a las creencias personales’. A fines de 2017, el término ingresó al diccionario de la Real Academia Española, pero allí fue definido de modo ligeramente distinto: ‘distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales’.

Hay quienes consideran que no deberíamos hablar de posverdad sino sencillamente de mentira o falsedad. La definición en español parece acompañar esa idea, como si se tratara siempre de un engaño intencional. Pero esta mirada hace perder un poco de vista el hecho de que no siempre hay una intencionalidad en ignorar la información que se tiene, en pos de tomar posturas que la contradicen y se basan en la emoción. A veces, y tal vez sea esta una de las componentes más críticas del problema, lo que ocurre es que hay cierta indiferencia ante la distinción misma entre lo que es la mentira y lo que es la verdad. A veces, que algo sea verdad simplemente no es importante para la persona.

El uso más frecuente que se le da a la palabra posverdad está asociado a la política. Se habló mucho de la política de la posverdad en el contexto del referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea (Brexit) y de las elecciones presidenciales en Estados Unidos que terminaron con Donald Trump en la Casa Blanca. En ambos casos, las campañas electorales de quienes ganaron se apoyaron en algunos datos que luego quedó claro que eran falsos, como que el Reino Unido ahorraría dinero si se separaba de la UE, o bien en frases vagas como ‘hagamos grande a Estados Unidos otra vez’. Hubo exageraciones, desinformación y falsas promesas, como si los políticos hubieran decidido revivir la frase de H. L. Mencken: ‘Hay una solución conocida para todo problema humano: clara, plausible y equivocada’. Alrededor de estas elecciones se generó un ambiente de polarización exacerbada, en el que lo que dicen los nuestros está bien y lo que dicen los otros está mal, sin importar si es verdadero o no.

No es que las mentiras partidistas en política sean cosa nueva. Ya Tucídides habla de ellas en su libro sobre la Guerra del Peloponeso, en el siglo V a. e. c., cuando dice “Para adaptarse a todos los cambios y los acontecimientos, las palabras también tuvieron que alterar sus significados habituales”. Lo novedoso es que, cuando quedó claro que las campañas estaban inundadas de datos falsos, muchos de los votantes no se sintieron engañados, como si la verdad, en su sentido más extenso o incluso en el más limitado, ya no fuera relevante frente a cómo los hizo sentir. Ya no había en algunos políticos ni siquiera una intención de parecer estar diciendo la verdad, porque lo que se decía era fácilmente contradicho por los hechos que estaban al alcance de todos.

Hubo voces alertando contra esto, voces expertas que no fueron tomadas en cuenta. Quizás también la tendencia a desconfiar de los expertos es algo a considerar en todo este asunto.

Es demasiado temprano para saber si estamos en la ‘era de la posverdad’. Pero sabemos que este fenómeno se ve en otras áreas más allá de la política, áreas en las que tenemos datos, sabemos cosas y, aun así, hay quienes hacen a un lado todo eso y toman una postura que no se sostiene en los hechos. Por ejemplo, sabemos que las vacunas son mayormente seguras y muy eficaces para prevenir enfermedades, y que los seres humanos somos en gran parte responsables del calentamiento global que amenaza nuestra supervivencia. Sin embargo, hay quienes creen que las vacunas provocan autismo, o que el cambio climático antropogénico es una mentira. ¿Por qué pasa esto? ¿Hay también en estos casos una desconfianza hacia los expertos? ¿Será que los expertos no logran comunicar adecuadamente sus ideas y por qué las sostienen?

Hablar de la posverdad nos obliga a hablar de la verdad. Y acá tenemos problemas con una palabra que significa diferentes cosas según el contexto. El concepto de verdad es algo muy concreto en áreas como la matemática, la lógica o la metafísica, en donde la verdad se obtiene deductivamente. No es ese el sentido de verdad acerca del que hablaremos en este proyecto. Abordaremos acá la verdad como una cuestión fáctica, como la correspondencia entre lo que decimos y lo que ocurre en el mundo. Nuestro enfoque sobre la verdad será más bien práctico. Esto es, asumiremos que existe un mundo real, independiente de nosotros, que la realidad existe y que podemos acceder a ella.

Nuestro acceso a la realidad es imperfecto porque es a través de herramientas imperfectas: nuestra experiencia es subjetiva, nuestros sentidos nos cuentan qué ocurre, y nuestras interpretaciones acerca de lo que significan los hechos pueden variar. Podríamos llorar sobre la leche derramada, quejarnos de nuestros límites, o podríamos aceptar que es lo mejor que tenemos a disposición y, dado esto, considerar nuestras limitaciones como parte del proceso para acceder a la realidad. A partir de ahora y en el resto de este proyecto, verdad debería leerse en este sentido: no como algo absoluto y de certeza total, pero tampoco como un ‘vale todo’. Y es esta delicada distinción uno de los puntos centrales que trataremos en las próximas entregas.

Entonces, hay un mundo real ahí afuera que parece comportarse con reglas propias y en el que ocurren cosas. Eso que ocurre son hechos, hechos reales. No existen los ‘hechos alternativos’. Tenemos datos acerca de esa realidad, contamos con información como nunca antes en la historia de la humanidad. Tenemos también la capacidad y las herramientas para entender cada vez mejor el mundo, para conocerlo incluso en aquellas cuestiones que nos son esquivas. Para eso, hace falta entender varios puntos primero. Por un lado, necesitamos poder distinguir algo que se sabe de algo que no se sabe. ¿Cómo averiguamos cuál es la verdad? ¿Qué información necesitamos? ¿Cómo la conseguimos? ¿Cómo sabemos lo que sabemos? Por otra parte, debemos entender cómo se difunde la información. Los medios de comunicación tradicionales están siendo desplazados por nuevos medios. Las redes sociales volvieron muy sencillo compartir noticias, algunas ciertas y otras falsas. Todos podemos publicar contenido nuevo que rápidamente se suma y se mezcla con lo ya disponible. En pocos minutos una noticia de un atentado o un terremoto puede dar la vuelta al mundo, pero del mismo modo lo hace un rumor, una noticia falsa o un chisme mundano. Por un lado, la capacidad de generar y consumir contenido de manera paralela a los medios de comunicación tradicionales nos da mucha independencia y libertad. Por el otro, a veces se vuelve especialmente difícil saber qué valor darle a cada información particular.

Aunque sea en forma tentativa y provisoria, con aciertos y errores, tenemos la capacidad de conocer la realidad y transformarla a partir de ese conocimiento, como lo demuestra toda la historia humana desde la invención de las primeras herramientas de piedra hasta la de la inteligencia artificial. Sin embargo, muchas veces nosotros mismos cerramos ese acceso, y necesitamos estar, como mínimo, abiertos a la posibilidad de que sea así.

Además de todo esto, no estamos solos. Independientemente de si le otorgamos a este hecho una carga moral, toda diversidad de perspectivas genera un nosotros y un los otros pero, a la vez, compartimos todos este mismo planeta, esta misma realidad. Compartimos también preocupaciones, problemas y esperanzas. Para poder conversar esas diferencias de perspectiva con esos otros, necesitamos ponernos de acuerdo en cuáles son los hechos que observamos desde nuestras particulares perspectivas. Sin ese primer acuerdo, no hay intercambio posible de ideas o argumentos, no hay modo de tener experiencias compartidas y corremos el riesgo de volvernos impermeables al otro. Tener una realidad común a todos es una base que puede permitir tanto que concordemos como que discrepemos en rumbos posibles de acción. Pero estaremos juntos y conversando, y ese es el primer paso. Es por eso que la pelea contra la posverdad es, también, una pelea por preservar la posibilidad de vínculo humano.

Podemos tratar de entender mejor la posverdad, especialmente para poder detectarla, enfrentarla, y sobrevivir (nosotros y nuestra especie) a ella. El camino es largo y complejo, sí, pero también muy interesante y transformador. El solo hecho de transitarlo puede no sólo enseñarnos mucho sobre el mundo (y sobre nosotros mismos), sino darnos la posibilidad de recuperar agencia. De reclamar la oportunidad no sólo de observar en libertad el mundo como es, sino de usar las mejores herramientas posibles para imaginar el mundo como queremos que sea, y así ayudar a construirlo.

 

GUADALUPE NOGUÉS

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